Crónicas de una sociedad anestesiada





Cuando el horror se disfraza de humor

Los últimos días han dejado al descubierto algo mucho más profundo que una polémica en redes sociales. Han expuesto la facilidad con la que una parte de nuestra sociedad es capaz de justificar lo injustificable cuando bastan dos palabras: "es humor".

No estamos frente a un debate sobre los límites del humor.

Estamos frente a una discusión mucho más incómoda: la banalización de la violencia contra la infancia y la capacidad que hemos desarrollado para justificarla cuando viene envuelta en una carcajada.

He escuchado una y otra vez la misma frase: "Es humor negro."

Y mientras más la escucho, más me asquea y 
más convencida estoy de que el problema comienza precisamente ahí.

No estamos hablando de humor.

El humor, incluso el más oscuro, ha tenido históricamente una función. Ha servido para enfrentar el miedo, desafiar al poder, desnudar la hipocresía, cuestionar los tabúes y obligarnos a mirar aquello que incomoda. Puede ser irreverente, incómodo e incluso brutal cuando su propósito es revelar una verdad.

Pero existe una diferencia profunda entre incomodar y deshumanizar.

Existe una diferencia entre reírse del poder y reírse de quienes jamás lo tuvieron.


Cuando una "broma" necesita recurrir a referencias sexuales sobre niños, cuando convierte el abuso infantil en un remate o utiliza a menores especialmente vulnerables como recurso humorístico, deja de ser humor.

Es la banalización de una de las formas de violencia más devastadoras que existen.

El abuso sexual infantil no es una metáfora.

No es una exageración.

No es una licencia creativa.

Es una realidad que destruye infancias, fractura familias y deja heridas que muchas personas cargarán durante toda su vida.

No temo a la irreverencia.

Temo a la indiferencia.

Porque las palabras no son inocentes. Nombran el mundo, moldean nuestra percepción y terminan definiendo aquello que una sociedad está dispuesta a tolerar. Lo que repetimos, justificamos y celebramos acaba convirtiéndose, poco a poco, en parte de nuestra cultura.

Por eso no acepto que este tipo de discursos encuentren refugio bajo el concepto de "humor negro".
y ojo con esto, Cambiarles el nombre no cambia su contenido.

No todo lo provocador es inteligente.

No todo lo ofensivo constituye una crítica social.

Y no toda crueldad merece ser elevada a la categoría de arte porque alguien decida llamarla humor.

Una sociedad también se define por aquello que decide proteger.

Y cuando la infancia deja de ser intocable para convertirse en un recurso humorístico, el problema deja de estar en quien se ofende.

El problema está en nosotros.

En nuestra capacidad para mirar el horror sin estremecernos.

En nuestra facilidad para relativizar aquello que jamás debería relativizarse.

Quizás esa sea la señal más preocupante de todas.

Que alguien haga una referencia al abuso sexual infantil.

Que todavía existan personas dispuestas a excusar estas conductas como Argumento para algo que jamás fue entretenimiento.

Porque  llego el día en que necesitamos explicar por qué la violencia contra un niño no puede convertirse en un recurso humorístico, esto no es un chiste.

Estamos en una sociedad que decidió dejar de reconocer el horror.

Y esa, quizás, sea la crónica más triste de nuestro tiempo. 

✨ K.F 

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